La semana pasada se celebró en Valladolid la V Cumbre Mundial del Microcrédito, a la que acudí en representación de los rectores españoles. Cerca de 2.000 delegados, pertenecientes a más de 100 países del mundo, intercambiaron experiencias sobre el desarrollo del sector.La primera cumbre se realizó en 1997. En tal fecha, eran 7’6 millones las familias más pobres del mundo que estaban recibiendo un micropréstamo. En estos 14 años el número ha crecido hasta 137’5 millones hacia finales del 2010.
La idea del microcrédito tiene como referencia el banco Grameen Bank, que puso en marcha en Bangla Desh, Mohamed Yunus. El objetivo es poner a disposición de familias extremadamente pobres una pequeña cantidad de dinero que les permita poner en marcha iniciativas autosostenibles. Si a eso añadimos el compromiso de la comunidad, tanto en la selección como en el seguimiento de los proyectos, la fuerza de esos pequeños créditos se multiplica y refuerza la sostenibilidad de la experiencia.
El microcrédito rompe con uno de los círculos viciosos de la pobreza, puesto que las personas que nada tienen, ven cerrada la puerta de acceso al crédito, ven cercenado incluso su derecho a la esperanza. En su aplicación práctica, además, se sustenta preferentemente en las mujeres, propiciando también la lucha contra su marginación.
El grado de fallidos en estos créditos es muy inferior al medio de los créditos comerciales. No solo por el control comunitario sino porque, al final, está comprobado que las personas con menores recursos son generalmente más fiables y cumplidoras.
La Cumbre de Valladolid desarrolló en su primera jornada una sesión plenaria denominada "Más allá de los servicios financieros éticos - La creación de un sello de excelencia en microfinanzas por su nivel de alcance a los pobres y su poder transformativo". Pudimos escuchar de primera mano las diversas experiencias de puesta en marcha para la implementación de un Sello de Excelencia en Microfinanzas, similar a una certificación de calidad, por el cumplimiento de la misión bajo los parámetros de sostenibilidad y alcance social. La iniciativa es muy necesaria porque, descubierto el filón, han entrado en el juego muchas entidades financieras con ánimo de lucro (en algunos casos, de forma digna de aplauso), incluso casas de usura. Aparecen los excesos y el aprovechamiento de la buena fe, por lo que, como en tantos campos, resulta necesario separar el trigo de la paja.
Está muy avanzada la definición de los indicadores sociales que serían parámetro de medición. Conviene definir a quién correspondería emitir dicho sello. Como se comentó, para evitar conflictos de interés sería conveniente que recayera en algún organismo público que garantice la independencia de intereses espurios.
No obstante lo anterior, las microfinanzas presentan también sus sombras, como los elevados tipos de interés aplicados (a veces necesarios para la autosostenibilidad de los financiadores), o la discusión sobre su real impacto significativo. Por ello, resulta especialmente útil debatir y acelerar la adopción de las mejores prácticas y aplicar innovaciones que propicien que no se pierda el enfoque social de los programas y que se contribuye de forma efectiva a erradicar la pobreza en el mundo.
